Hay historias que duelen porque son reales y recientes, y esta es una de ellas. Ivan Ostrochovský, director eslovaco, acaba de llevar a Karlovy Vary «Only Beautiful Things to Look At», un drama ambientado en los años 80 que sigue a una médica cuestionándose la esterilización forzada de mujeres romaní en la antigua Checoslovaquia. Pero lo inquietante no es solo el tema: ya está trabajando en una versión estadounidense, porque —como dice el director— esto «ocurrió en todo el mundo».
Esterilizaciones forzadas. Violaciones de derechos fundamentales. Impunidad casi total. El cine de Ostrochovský no mira para otro lado, y eso, en un contexto donde muchas cinematografías prefieren el entretenimiento frívolo, es un acto político.
¿Cuál es la historia que cuenta?
El filme sigue a una doctora (la actriz checa Aňa Geislerová, conocida por su trabajo en «Caravan») que comienza a cuestionar su rol en un sistema que consideraba normalizado. No es una película de culpabilidad fácil, sino de transformación incómoda: el director conversó con médicos responsables de esas esterilizaciones, y muchos le dijeron que creían estar ayudando, particularmente a mujeres en extrema pobreza. «Cuando tenés argumentos lógicos y racionales, podés olvidar qué es lo moral», reflexiona Ostrochovský.
La tensión está ahí: la película no condena con dedo levantado, sino que examina cómo la barbarie se normaliza dentro de un sistema que se cree humanitario.
¿Por qué une esto a Eslovaquia y Estados Unidos?
Aquí es donde la noticia se tuerce hacia algo más profundo. Entre los años 70 y 80, la tasa de natalidad entre nativos estadounidenses cayó un 60%; se estima que el 40% de mujeres nativas fue sometido a esterilización forzada. Ostrochovský y su productor ya scouting en tierras Navajo en Nuevo México, adaptando la historia al contexto local.
Lo notable es que las comunidades nativas pidieron no ser retratadas como víctimas pasivas, sino como agentes de diálogo. Eso le interesa al director: no hacer cine victimista, sino problematizador. En Eslovaquia, las mujeres romaní recién empezaron a demandar en los últimos años. El gobierno aún se niega a compensarlas. Solo hubo una disculpa oficial, una.
¿Qué genera que un director apueste por esto?
Para mí, hay algo de valentía en hacer cine sobre lo incómodo sin caer en el paternalismo o la catarsis fácil. Ostrochovský eligió a Geislerová porque puede sostener matices: una personaje que es fría, racional, y que se transforma sin caer en el melodrama. Con cinematografía que evoca documentales de naturaleza —macrofotografía de insectos—, convierte el comportamiento humano en un objeto de estudio visual. Quería que fuese «hermoso de mirar» porque, paradójicamente, la barbarie también se presenta con cara de normalidad, de comodidad, de «buena vida».
No es una película que te deje tranquilo. Pero eso, creo, es exactamente lo que necesita la escena audiovisual: historias que golpeen donde duele y obliguen a los gobiernos a reconocer lo que prefieren enterrar.



