Teenage Fanclub no se anda con romanticism baratos. Mientras el mundo sigue predicando que "atreverse a soñar" es la solución, los escoceses largaron Do Not Dare To Dream (octubre, vía Merge) como un bofetada elegante a ese sermón vacío. Es su primer disco desde 2023, el número 13 de su carrera, y llega después de tres décadas de estar ahí, sin hacer ruido, refinando lo que hacen mejor: guitarras melódicas que se te clavan sin pedir permiso.
La canción que abre el expediente es "Day In The Sun", una pieza relajada pero filuda que habla de renovación sin caer en lo cursi. Norman Blake, el cantante, fue claro en la explicación: esos mantras de "atrévete a soñar" le parecen "ridículos". No porque sea pesimista, sino porque vio algo que muchos otros todavía no: que el mundo no funciona así de simple. Raymond McGinley matiza: se puede ser optimista y cheerful, pero con los pies en la tierra, sin negar que las cosas están complicadas. Eso es madurez, no cinismo.
Las claves
Una actitud que rechaza la mentira bonita. Lo que hace fuerte a este disco es que no te vende esperanza de catálogo. Blake y McGinley escriben desde el escepticismo adulto de quien pasó 35 años en esto y sigue de pie. No es un disco triste; es un disco honesto. La producción fue orgánica: se metieron en el estudio con Euros Childs, Francis Macdonald y David McGowan, escribieron sin obsesionarse con la perfección previa. Eso casi siempre tira mejor que los tracks armados quirúrgicamente en casa.
El tiempo es una ilusión óptica para ellos. McGinley suelta una línea que vale oro: "Pasaron 30 años y no se siente como nada". Para Teenage Fanclub, la música es eterna; la vida, corta. En el lugar donde grabaron, la gente llevaba miles de años cantando. Es la filosofía de una banda que no vive del ciclo de viralización: respetan el oficio porque lo entienden como algo que existe más allá del algoritmo. En esto, son casi punk en su actitud de clase, aunque su sonido sea indie melódico de lujo.
Una gira que confirma que siguen siendo relevantes donde importa. Teenage Fanclub toca en noviembre por UK e Irlanda: Cambridge, Bristol, Londres, Glasgowdoblado, Manchester, Edimburgo y más. Eso es un músculo vivo. No son nombres que aparecen cada cinco años en un festival nostálgico; siguen rodeados de gente que quiere estar ahí. Para una banda que rechaza el circo del hype, eso es lo que cuenta.
Blake andaba también en un proyecto paralelo con Bernard Butler (ex Suede) y James Grant, que ya giró este año. Pero volvía a Teenage Fanclub era lo que faltaba. Este disco suena como lo que es: gente que sabe exactamente qué quiere decir y cómo decirlo. Sin pretensiones, sin ganchos baratos. Solo melodías que se quedan.



