Christos Nikou no se llama a sí mismo director. Se llama cinéfilo. Y esa diferencia, aparentemente pequeña, resume toda su filosofía: alguien que hace películas porque ama verlas, no porque quiera dejar su firma en la historia del cine. Es la actitud que necesita el cine hoy, cuando la mayoría de los realizadores jóvenes están más atentos a lo que piden los fondos y los festivales que a lo que late en su propio pecho.
En el Festival de Karlovy Vary, Nikou fue mentor de diez directores europeos emergentes y no anduvo con vueltas. Les dijo algo que duele porque es verdadero: muchos cineasta siguen recetas ajenas. Algunos mimotizaban a Scorsese o Tarantino pero lo que presentaban era, en sus palabras, "cine de pobreza", aburrido y sin alma. Eso no va.
Rechazos que validaron su voz
"Apples", su ópera prima, fue rechazada por fondos y talleres de festivales en varios países. Los ejecutivos no entendían el tono. Es que Nikou hace cine sutil, difícil de vender en un párrafo, imposible de empaquetar. Aprendió entonces que a veces hay que rodar un cortometraje primero para que el mundo entienda qué estás buscando. No se puede resumir en un guión lo que solo existe en la pantalla.
Nunca fue a escuela de cine. Sus maestros fueron John Cassavetes, los Coen Brothers y otros autodidactas. "Si ellos pudieron, yo también", pensó. Y su verdadera universidad fue ver tres películas al día. Tanto que en los primeros diez minutos de cualquier film ya sabe quién está dirigiendo, aunque nunca haya visto su nombre. Eso es oído de cinéfilo de verdad.
El cine que le robaron
Para Nikou, en los últimos 15 o 20 años el cine perdió originalidad. La culpa es de ejecutivos que juegan seguro sin tener ni idea, que meten a los cineastas en cajas previsibles. A él le pasó: después de "Apples", todos le mandaban guiones sobre memoria. "¿Qué? Ya hice una película sobre eso", se quejó.
Lo que duele de verdad en su discurso es que aboga por un cine más tierno, más cercano al corazón. Cualquiera puede provocar, dice. Lo difícil es tocar sin gritar. Eso es lo que falta: películas que no sean un ejercicio de cinismo para impresionar a la gente cool, sino historias que te miren a los ojos.
Su inspiración más secreta es "The Truman Show". Rara elección para alguien de cine europeo inquieto, pero tiene lógica: ese film logra lo imposible, mezclar comedia y drama sin que suene forzado, ser conceptual pero seguir siendo verdadero. Sigue funcionando igual que hace treinta años, dice. Eso es cine.
Nikou le habla directo a los directores jóvenes: no pierdas tu voz buscando lo que otros quieren. Mira lo que amas, haz películas para la audiencia —pero siendo vos mismo—, no para tu círculo de amigos cinéfilos. El equilibrio existe, pero requiere valentía. En un mundo donde la industria quiere que suenes como otro, insistir en tu propia voz es revolucionario.



