Los Rolling Stones acaban de romper el silencio discográfico más largo de sus seis décadas de historia. Después de más de una década sin lanzar material inédito, la banda ha soltado dos trabajos nuevos: Hackney Diamonds y Foreign Tongues, una inyección de adrenalina que desmiente el mito de que los dinosaurios del rock solo existen para tocar sus viejas glorias en estadios abarrotados.
Lo sorprendente no es que hayan hecho discos nuevos. Lo sorprendente es que suenen como si tuvieran algo que decir todavía. No estamos ante un ejercicio de nostalgia enlatada ni ante músicos tratando de mantener relevancia por inercia. Estos Stones se oyen hambrientos, como si les importara escribir algo que merezca existir más allá del catálogo legendario que ya tienen asegurado en la historia.
¿Por qué importa?
Vivimos en una época donde la industria musical mete presión constante a los artistas viejos para que se conviertan en covers vivientes de sí mismos. Las giras de "Greatest Hits" son máquinas de fabricar dinero, y la mayoría cede. Los Stones, a los que nadie les exige probar nada a estas alturas, decidieron lo opuesto: meterse en el estudio y curarse de la pereza.
Esto no es trivial. Un disco nuevo de una banda legendaria es un acto de resistencia contra la idea de que el rock es una cosa vieja que uno va a escuchar con nostalgia en Spotify. Es un "todavía estamos acá, todavía tenemos algo en el tanque", dicho sin necesidad de hacerlo porque el dinero ya está garantizado. Eso tiene un valor que supera lo comercial.
Los Stones llevan seis décadas probando que el rock and roll no caduca si la gente que lo toca se niega a dejar de creer en él. Ahora, con estos discos, le están diciendo al resto de la industria algo incómodo: que la edad no es una excusa, que la relevancia se gana, no se hereda.
El veredicto
Hackney Diamonds y Foreign Tongues merecen escucharse como lo que son: un acto de orgullo artístico de una banda que podría permitirse no hacer nada y aun así llenar canchas. En cambio, se metieron a escribir música nueva. Para un crítico rockero es difícil no respetar eso, incluso si no todos los temas son goleazos. Lo importante es que lo intentaron de verdad, y eso cambia todo.



