En un mundo donde hasta el más mínimo respiro se monetiza, no sorprende que el pop también haya encontrado su forma de exprimir el último jugo a la existencia digital. La crítica de arte francesa Julie Ackermann, en su libro Hyperpop. El pop en tiempos de capitalismo digital, se lanza a desmenuzar este fenómeno musical tan particular que, por un lado, nos hace retorcer los ojos y, por el otro, nos obliga a pensar en qué carajo estamos consumiendo.
El hyperpop, ese engendro sonoro nacido de sellos como PC Music y mentes como A. G. Cook y Sophie, y catapultado a las masas por figuras como Charli XCX, agarró el exceso, el artificio y la velocidad y los convirtió en una estética. Una estética que, para mí, grita las contradicciones de una época donde todo es fachada y filtro. El prólogo del libro ya lo tira sin anestesia: la industria pop nos vendió la moto de que la música era más que música. Y el hyperpop, como un adolescente rebelde, descubrió la farsa y la hizo su bandera.
El ruido de la máquina o el grito de los oprimidos: la ambigüedad del hyperpop
Ackermann no se anda con vueltas y recorre la breve pero intensa historia de este género, que ni siquiera es un género en el sentido tradicional. ¿Qué pasa cuando el pop se casa sin pudor con las lógicas del capitalismo digital? El término, que encima fue inventado por una empleada de Spotify (¿hay algo más capitalista que eso?), terminó englobando un batiburrillo de estéticas: voces chirriantes y deformadas hasta el hartazgo, un culto desmedido a las celebridades que ya de por sí son un producto, y una fascinación ambigua por el consumo y el exceso. Para mí, es el reflejo perfecto de esta sociedad de la inmediatez y el usar y tirar, donde todo se recicla y se vende como nuevo.
Pero la tesis central del libro es la que me hace levantar una ceja y, a regañadientes, admitir que hay algo más que ruido acá. Ackermann plantea que el hyperpop puede ser, al mismo tiempo, el producto más puro del capitalismo y una estrategia para desarmar sus códigos. Especialmente desde una perspectiva queer, donde la exageración y la transformación pueden ser herramientas de resistencia. Si el pop de toda la vida te vendía el deseo como una mercancía brillante y empaquetada, el hyperpop lo lleva al extremo, lo distorsiona, lo hace tan obvio que se vuelve visible. Es como si te gritaran en la cara: '¡Sí, soy un producto, y qué! Ahora mirá cómo lo uso para reírme de vos'.
Filomena Dark y el veredicto sobre el hyperpop: ¿Rebeldía o más de lo mismo?
Ackermann no lo ve como una simple etiqueta musical ni como una moda pasajera, y ahí es donde se pone interesante. Para ella, el hyperpop es el síntoma de un presente donde las fronteras entre lo vanguardista y lo comercial, entre la persona y el personaje, entre la ironía y la sinceridad, entre lo artificial y la emoción, se han diluido hasta volverse invisibles. Y tiene razón. Vivimos en una época donde todo se mezcla, donde la autenticidad es una pose y la rebeldía se vende en cuotas. El hyperpop, con toda su estridencia y su autoconciencia, es la banda sonora de esa confusión.
¿Es el hyperpop una verdadera patada en la boca al sistema o solo otra forma de que el capitalismo se devore a sí mismo, digiera la disidencia y la escupa como un nuevo producto rentable? Me inclino a pensar que es un poco de ambas cosas. Es el ruido de la máquina, sí, pero también es el grito desesperado de quienes intentan encontrar un espacio en ese ruido. No es mi taza de té, está claro. Yo prefiero un riff de guitarra bien crudo antes que las voces de robot. Pero no puedo negar que, detrás de tanto efecto y tanto artificio, el hyperpop nos está diciendo algo. Y lo dice a los gritos, como para que nadie pueda ignorarlo. Nos guste o no, es un espejo bastante distorsionado de lo que somos hoy.



