Elliott Smith, ese tipo que se fue demasiado pronto en 2003, siempre fue claro: las etiquetas en la música le daban urticaria. «Todos reciben una etiqueta. Si escuchas un disco de The Velvet Underground, no piensas 'padres del punk'. Piensas: 'esto suena genial'», soltó en una entrevista, un dardo directo a la prensa que insiste en encasillar. Para él, las etiquetas eran para vender, no para describir. Y ni hablar de llamarlo 'depresivo'. Tristeza, sí, claro que había, pero porque sin ella, la alegría no tiene peso. Una lección que muchos deberían aprender.
La banda sonora de un genio inadaptado
Más allá de su rechazo a los géneros, Smith tenía sus preferidos. Una lista de discos folk que, si bien él no se definía así, claramente moldearon su sonido. En ese selecto grupo, metió a Nico y su The Marble Index (1968), una joya experimental que la ex-Velvet Underground grabó post-banda. Un disco oscuro, que no le teme a la disonancia, algo que resuena en la obra del propio Smith.
También estaba The Freewheelin' Bob Dylan (1963), el segundo de Dylan, que para mí es uno de los cimientos del folk moderno. Indiscutible. Y se ve la conexión: la honestidad brutal de Dylan, su forma de narrar, tiene un eco en las letras de Smith. Después, Like Flies on Sherbert (1979) de Alex Chilton, un tipo que siempre hizo lo que quiso, sin importarle la ola. Y cómo no, Pink Moon (1972), el último de Nick Drake, otro alma torturada que se fue joven, dejando una obra maestra de fragilidad y belleza. Cerrando la lista, Smith nombró a la reedición conjunta de #1 Record (1972) y Radio City (1974) de Big Star, dos discos que, pese a no ser estrictamente folk, tienen esa melancolía pop que Smith supo llevar a otro nivel.
Elliott Smith: la importancia de escuchar más allá del rótulo
Esta lista no es solo un dato curioso; es una ventana al alma de Elliott Smith. Nos muestra que, más allá de cualquier etiqueta impuesta, su música bebía de fuentes profundas y diversas. Y que su genio radicaba precisamente en tomar esa herencia y transformarla en algo único, inconfundible. Es la prueba de que el rock, el punk, el folk, o lo que sea, se hace con tripas y verdad, no con categorías de marketing. Y eso, para mí, es lo que hace que su legado siga resonando tan fuerte, incluso hoy, cuando el reggaetón y la música de plástico quieren copar la parada. La autenticidad siempre gana.



