Cuando los dos colosos del rock estadounidense coinciden en algo, conviene escuchar. Bob Dylan y Paul Simon —compositores que definieron generaciones— hablan de Paul McCartney con una admiración que trasciende la cortesía: lo ven como un fenómeno musical sin igual, alguien que rompió moldes y los rompió bien.
Simon fue directo al clasificar a los grandes de la historia. Metió a McCartney en el mismo podio que George Gershwin, Irving Berlin y Hank Williams, nombres que pesan toneladas en el registro de la canción. Lo interesante es que ubicó a Dylan y a John Lennon un escalón abajo. Eso dice algo.
"Puede hacerlo todo"
Pero Dylan fue más allá. En sus propias palabras, McCartney es "prácticamente el único al que admiro profundamente". Y luego vino lo jugoso: "puede hacerlo todo". No es un piropo de pasada. Dylan detalló con precisión qué lo fascina: el don para la melodía, el ritmo que maneja sin esfuerzo, la capacidad de tocar cualquier instrumento como si nada, ese grito y ese chillido tan crudos cuando es necesario, pero también esas baladas donde se quiebra. "Sus melodías son naturales", cerró, y ahí está el punto.
Es verdad. McCartney lleva décadas probando que la versatilidad no tiene piso. De "Helter Skelter" —ese riff que parece precursor del heavy metal— a "My Love", una balada tan cursi que podría no funcionar, pero funciona. Eso requiere algo más que técnica: requiere oído, instinto y una seguridad en lo que hacés que pocos tienen.
Lo natural como superpoder
Lo que más llama es lo que Dylan enfatiza: la naturalidad. Cualquiera puede ser versátil si se lo propone; pocos logran que parezca fácil, que fluya sin arrogancia ni esfuerzo aparente. Ahí está el truco de McCartney. Escuchás "Lady Madonna" y luego "The Fool on the Hill" y pareceríán de mundos distintos, pero llevan la misma firma, la misma elegancia en la construcción. Dylan bromeó al final diciendo que ojalá McCartney se retirara, ya que de lo contrario sigue siendo una competencia imposible de vencer. Es una broma que duele un poco porque es verdad: después de sesenta años, sigue siendo el estándar.
Que Dylan y Simon —dos referentes incuestionables que jamás repartieron elogios fáciles— coincidan en esto dice más de lo que cualquier crítica puede decir. McCartney no solo pasa el tiempo; parece burlarse de él.



